sábado, 12 de agosto de 2017

Gloria Esther Rodríguez Rodríguez, pintora palmera

La pasión de Gloria Esther Rodríguez, como pintora, ha sido envolvernos en una atmósfera poética, en la Caldera y en los caseríos, en la flora, en los enseres domésticos de su infancia: lecheras, tazones, en el patrimonio cultural, en la bruma y el mar de nubes, en el Paraíso encontrado de la isla de La Palma, que le ha permitido crear una obra armónica y auténtica. Pero en su etapa de madurez repasa su trayectoria artística, y como pintora realista siente la necesidad de aproximarse a la figura humana, casi nunca a seres anónimos sino amigos y familiares.
Así comienza a mirar fotos de sus padres, a entrar en sus corazones, a crear obras de gran formato al óleo con colores llamativos y detallismo, en los que destaco el uso del color rojo o el verde en la indumentaria de su madre y la rosa engarzada en el vestido.
Se recrea en los lazos familiares y los reinterpreta de tal modo que, nos recuerda una instantánea fotográfica, nos evoca recuerdos que no han palidecido, sueños que parecen reales, o una realidad que parece un sueño, como el retrato de sus padres o los de sus tres hijos. Toda una escena familiar, sin artificios, emotiva, pintada con la delicadeza del colorido, casi siempre a base de matices blancos, grises, azules que, a pesar de ser colores fríos, imprimen una gran calidez.
Y como buena observadora centra la atención de los personajes, y representa la ternura y las gracias de los niños, sus poses naturales y los instantes únicos, como cuando una de las niñas chupetea una piruleta.
Porque Gloria Esther sabe transmitir el mundo infantil: el realismo ingenuo. Sabe revelarnos esa predilección por los niños, el amor y la comprensión en las miradas de los mayores. Así podemos ver el retrato del anciano que emerge del fondo semi-oscuro del lienzo con sombrero canario y su pipa de fumar. Una obra en el que la pintora manifiesta la fisonomía y las facciones duras, el pasado irrecuperable. Derrama ella la dureza de su rostro por el trabajo, la vestimenta, dentro de una gran armonía y serenidad. Aunque en pintura nos dice el escritor Manuel Vicent, que existe un principio fundamental: es siempre el espectador el que termina de pintar el cuadro. En este caso el que mira, al ejecutar su retrato paralelo, sin duda podrá añadir sus propios sueños.
Consigue Gloria Esther, la manifestación particular de cada persona, las luces y las sombras arraigadas en el carácter de personas únicas, lo que nos define a cada uno de nosotr@s y a las parejas del mundo cultural que ha plasmado. Recrea también la luz efímera del tiempo y de la memoria, su autobiografía visual, su retrato infantil y su autorretrato actual en el que da rienda suelta a sus rosas, a esas rosas que son aliento de sus vivencias.

A lo largo de su quehacer pictórico, ha desarrollado diferentes temáticas y formas expresivas en su pintura, pero en esta serie de retratos y autorretratos es donde hallamos mejor técnica que muestra, no solo cómo ha sido realizada la obra sino también la personalidad de la imagen creada, la madurez pictórica, la reflexión y el trabajo vocacional cotidiano.
Ésta es una galería de figuras de personas que están con nosotros o que se han ido, de amigos que constituyen parte de la historia de Gloria Esther. Son imágenes líricas que representan un interrogante hacia el pasado y hacia el futuro. Es una lucha por conseguir que el tiempo no sea un concepto filosófico sino una historia de vida. Una historia en busca de la inmortalidad.


Son retratos en los que Gloria Esther ha logrado detener el tiempo. Y el tiempo detenido nos hace inmortales.
Esta Exposición se podrá ver en el Valle de Aridane, en la Real, 21, hasta el día 19 de agosto 2017
Rosario Valcárcel, escritora
Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com